





La uniformidad clara ensancha mentalmente los pasillos urbanos. Superficies blancas toman distancia de la mirada, reduciendo sensación de encierro. Así, un callejón de hombro con hombro parece aceptar mejor dos trayectorias, y las puertas oscuras marcan huecos sin intimidar. La gente camina a ritmo más estable, con menos roces y menos necesidad de ceder paso en tensión constante.
La cal produce un acabado mate que dispersa la luz de manera difusa, mitigando chispazos de brillo que fatigan. Eso protege pupilas en cuestas orientadas al sur, donde el sol castiga. Menos deslumbramiento significa mejor lectura de rugosidades, bordes y escalones, y menos dolor de cabeza para quienes pasan largos trayectos a pie, disfrutando detalles en lugar de entrecerrar los ojos defensivamente.
Recuerdo a una vecina que medía el agua a ojo y decía: la pared te dirá cuándo basta. Su patio olía a piedra mojada y limonero. Al secar, el blanco parecía nuevo cielo. Quien pasaba saludaba más despacio, quizá para guardar en la retina ese brillo tierno que, sin lujo, convertía una cuesta cansada en invitación a quedarse un rato.
En muchas plazas, el anuncio aparece en la barbería y la panadería: sábado, brochas y escaleras. Llega la mañana y, entre risas, se blanquean esquinas, se reparan grietas, se colocan macetas. Los niños salpican, los mayores aconsejan. El visitante aprende a mirar con respeto. Al anochecer, las calles parecen encenderse solas, y el paseo se vuelve fiesta silenciosa que todos ayudan a sostener.