La cal no sólo ilumina; refracta, desinfecta, dignifica. Miras de cerca y descubres brochazos superpuestos como anillos de árbol, capas que narran veranos y primaveras. Bajo ese blanco, muros anchos guardan fresco antiguo. Las pequeñas ventanas, con postigos cerrados a medias, dosifican la claridad y protegen intimidades. Toca si te autorizan; la rugosidad cuenta oficios. Documenta en tu cuaderno la mezcla: agua, cal, paciencia. Y si te ofrecen participar en una jornada de blanqueo, aprende, escucha, agradece y comparte impresiones después.
Cada puerta es un umbral con carácter: tablas viejas, repintes verdosos, tintineo de aldaba con forma de mano protectora. Sobre el dintel, una fecha casi borrada y un símbolo religioso conviven con un azulejo marinero traído por un nieto emigrante. Las cerraduras oxidadas enseñan cómo el tiempo redondea los bordes. Fotografía detalles, dibuja perfiles, imprime texturas en tu memoria táctil. Si llamas, hazlo suave; quizá te inviten a un patio con limonero y verás cómo la casa completa se despliega como un libro.